Una noche del fin del verano | Luísa Villalta por E…E

Una noche del fin del verano

Soy vieja. Lo sé bien. El tiempo, la vida o ambas cosas, que no son lo mismo, me fueron volviendo rígida, arrugada, impasible. Nadie diría ya que soy un ser vivo.

¿Y qué se puede esperar aún, después de haber visto tantos amaneceres diferentes, pero igualmente fugaces, tan fugaces que la memoria apenas puede retener las diferencias más obvias ni las más esperadas? En verano, los días son como cadenas de luz, con su comienzo y su final, las ondulaciones, las duras sombras en el suelo, en el muro, en el banco, en la flor. El invierno, en cambio, trae un sinfín de sueños y las sombras son leves como compañeras de viaje. Entre unos y otros apenas percibo ya el despertar de las flores o el despeinado de las hojas cuando caen.

Claro que siempre están los recuerdos. Dicen que es condición de la vejez una buena memoria. Sin embargo eso es tan falso como las historias que nos vamos poniendo en el corazón para poder olvidar. Ahora que no me resta sino un presente extenso e indiferenciado, nada quiero saber de verdades ni de mentiras, de lo que sucede y de lo que imagino, ya que sólo me queda la voluntad para no dejarme morir.

Fue un día de junio cuando entró por primera vez al parque. Quizá no sea eso exacto del todo. Puede ser que ya el año anterior, y otros atrás, anduviese por el medio de algún grupo de niños con tirachinas y bicicletas, peleando, revolcándose y rechupeteando helados de pacotilla comprados en el kiosko de plástico junto a la parada de autobús. Los chavales son como las golondrinas, vienen todos los años con las mismas ganas de anidar, comer, piar, llenar el aire de sombras móviles, y nosotros nunca sabemos si son las mismas u otras nuevas. En cualquier caso, un día de junio, de viento y sol, entró el hombre que nunca antes había entrado.

Quién lo iba a decir. Ahora me hace gracia pensar que todo cuanto podemos desear en un momento dado, sucede de hecho en ese instante, sin que lleguemos siquiera a formular los verbos, los nombres, los adjetivos, sin imaginar posibilidades e imposibilidades, hasta sin dejarnos de demorar en el sabor de lo que queremos creer mentira. Tanto es así que, cuando al final la órbita de la realidad se cumple, recordamos aquel primer minuto como un punto ciego desde el que nada se podría sospechar. Un punto ciego y clarividente.

Estoy segura de que nunca lo había visto hasta entonces. Sin embargo, él aún tardó más en fijarse en mí. Podríamos decir que hasta el último instante no comprendió nada, si es que llegó a comprender. Yo lo sabía. Estoy acostumbrada a que nadie me mire, lo que me proporciona una cómoda superioridad frente a los que me rodean.

¿Era libre? ¿Yo o él? No sé qué objeto tiene esta pregunta, este chasquido de la memoria que se interpone entre lo vivido y lo recordado. Supongo que ninguno era libre, ni él ni yo. Estaban las ataduras de la vida, de la edad, mi inexorable otoño frente a su gloriosa primavera. Además, es cierto que yo no contaba nada, ni siquiera esas mismas ataduras, ni las de la vergüenza… Como digo, yo casi no existo a los ojos de los demás. Y para sentir vergüenza es necesario que alguien nos mire.

Por eso no me recaté nada cuando me confesé a mí misma que me gustaba. Me gustaba. No sé por qué. Su fisonomía era la normal en una adolescencia casi vencida: proporcionado, terso, flexible. El pelo y los ojos de un brillo excepcional. Creo que fue el pelo y los ojos y una aura de inocencia y vigor inteligentes lo que me turbó. Otro chasquido este de poner ahora excusas razonables, de recortar una fotografía y ponerla a secar en la cámara oscura.

Y digo que me turbó, aunque parezca impropio. Podría emplear cualquier otra palabra, muchas otras, avaladas quizás por costumbre y malicia. Pero en realidad no hay palabras que definan las sensaciones cuyo origen se desconoce.

Nada habría pasado, estoy segura, si desde aquel día no hubiese venido más al parque, al mismo banco, a escuchar quién sabe si la misma música con aquel aparatito y los auriculares. Pero él vino todos los días, sin fallar uno, aunque lloviese, él, que podía estar recorriendo el mundo. Se sentaba, apretaba el botón y sólo me quedaba mirarlo, sus rítmicos movimientos con la punta del pie, como quien pasea por alguna ciudad invisible. Cada día comencé a esperarlo y a detenerme con verdadero placer en las sombras de su pantalón, en los brazos cruzados a la altura del tórax, en la cabeza oscilante y su mirada distraída hacia las alturas, indiferente a las amenazantes ramas de los árboles.

¿Qué podría hacer yo? En realidad, nada. Las cosas sucedieron por sí solas. Inevitablemente. Quizá el destino exista, pero entonces tiene forma humana, con lo cual ya no es destino, sino voluntad, una voluntad como la mía o la de los otros. ¿Es el deseo lo único irremediable?

Como un destino, pues, apareció ella, interponiéndose entre nosotros. Una chiquilla bien hecha, es verdad, en esa edad en que el mundo parece un espejo ante el que retocarse continuamente el peinado. Traía un perro pequeño de pelo rizado, atado con una correa extensible. Ya se conocían, o eso me pareció, porque se saludaron tímidamente. El la invitó a  sentarse. Ella aceptó sin soltar el perro. Hablaron un ratito, pero enseguida la chica pretextó algo y se fue, sin que él se ofreciese a acompañarla. El chico volvió a colocarse los auriculares y apretó el botón. Todo volvía a la normalidad. Sin embargo, le aprecié una cierta rigidez. Ni el pie ni la cabeza se movieron ya aquel día. Al cabo de un poco, se levantó y se fue.

Ya no me acuerdo de todo lo que pensé cuando él se marchó, pero sé que me quedé sumida en un vertiginoso mar de sensaciones que no podía detener. Hasta entonces nada había esperado, aún era temprano. O ilógico. Pero así fue como pasé de una curiosidad expectante al vacío de la desesperación.

Y no eran celos. ¿No? ¿A quién pretendo engañar? Aún así. Un chasquido más y sé que no lo eran, o si lo eran venían en el mismo paquete que el amor. Así, descaradamente. Sólo en aquel momento comprendí que lo amaba, que era mío desde siempre, desde antes de nacer él, desde antes de nacer ella.

Se levantó y se fue. Sin mirarme ni tan siquiera. Sentí mi piel tan arrugada y seca que creí reventar. Mejor habría sido que me desplomase allí mismo, que lo atropellase el autobús a la salida, no volverlo a ver.

Pero las pasiones son siempre más espuma que agua y todo acaba por buscar su calma. Así volvió un día más. Ella venía sin perro y se alegró de verla como si hubiesen acordado algo a mis espaldas. Qué hermoso estaba con aquella nueva sonrisa, que yo no le conocía. Ella también estaba embebida. Se dieron la mano, se besaron, y el fuego de sus cuerpos me quemaba.

Es ley que todo lo que se quema resurja nuevamente con más fuerza. Tengo edad suficiente para saber que es cierto. Una verdad de antiguas mitologías. Por eso tuve lástima de estas pobres aves de las nidadas jóvenes que, huyendo del fuego del bosque, van a dar al río en el que se ahogan.

Me serené, me conformé, esperé. Hasta me alegraba verlos por las mañanas enredarse el uno en el otro, treparse mutuamente, igual que me alegraban los brotes de las glicinias cada primavera.

Era ya el mes de julio. Muchas de las flores comenzaron a caer. Las rosas, en cambio, se abrían cada vez más, como si todo el aire y toda la luz fuesen insuficientes aún.  Y vinieron las noches más calurosas del año. En esas noches, el parque emanaba un frescor irrepetible bajo los abanicos suaves de los árboles. De las sombras salían los murmullos solitarios, liberados de las cadenas de la luz. Los murmullos. Allí estaban los dos ocupando todo el banco. Un farol desgastado los dibujaba contra el muro en oleadas de sombras, un océano en marejada del que emergían las cabezas unidas y desunidas, el pelo largo de ella prolongando la noche mientras él se sumergía nuevamente en las profundidades, y volvía a subir con el trofeo de un gemido ronco, las piernas alrededor de su cintura eran el salvavidas que inmediatamente se deshacía para naufragar en las olas, picadas por dos pequeñas gaviotas entre las que el leviatán de la espalda masculina se movía en cumplimiento de las profecías más íntimas. El perro corría de arriba abajo como loco,  y su sombra amplificada contra el muro parecía la puerta del infierno.

Agosto cambió los atardeceres por rosas marchitas. A mi edad es preciso, cada año, prepararse antes para el invierno. Casi en septiembre, el viento frío ya hacía crujir los árboles. La helada de las noches tardaba en deshacerse por las mañanas, cuando mi enamorado entraba con fatiga en los ojos. Comencé a preocuparme por él y también por mí. El invierno se hacía preceder de incógnitas que me torturaban. EL brillo de sus ojos también se cambió por una lenta ensoñación.

A primeros de septiembre la vi por última vez. Desde entonces ni ella ni el perro volvieron al parque. Por lo menos, tuvo la delicadeza de despedirse de él allí, en el mismo banco, delante de mí. Como la primera vez, apenas estuvo unos minutos, quince o veinte, sin soltar al perro de su cadena. Él tampoco se descolgó los auriculares y apenas la miraba mientras hablaba, eso sí, hablaba mucho más que aquel fatídico día. ¿Más disculpas? Creí que su comportamiento era el correcto, ella tenía su merecido. Comprendí que era el fin y me alegré. Ahora quedaba sólo para mí.

En esta ocasión él no se levantó ni se marchó. Se demoró más que nunca. Sus ojos estaban fijos, pero no distraídos. Miraban con la clarividencia de un adivino ciego. Fue la primera vez que me miró, que me vio. Todo dentro de mí floreció con las flores rojas del invierno.

Quizás sonrió. Yo estaba allí para recoger esa sonrisa, para impedir que esa sonrisa se desvaneciese jamás. Se levantó y salió pero yo sabía que volvería, porque me dejó en el banco el aparato de música como una ofrenda.

Venía la noche, lentamente, como un guante de satén. Hacía frío. Pero él vino de camisa, sin otra ropa de abrigo. Cuando me abrazó dejé de temer por él, yo lo guarecería.

No sé cuánto tiempo pasó así, apretado contra mí, sin decir palabra. Yo sólo sentía sus brazos que me ceñían con fuerza y su cabeza entre los hombros ocultando algún sollozo. Sin duda pasó mucho tiempo, un tiempo que no se puede medir.

En el muro, nuestras siluetas eran un solo cuerpo. ¿Qué más se podía hacer? ¿Qué más se podía esperar? Se estaba cumpliendo todo cuanto había deseado. Por eso no me sorprendió ni me arrepiento ahora de lo que sucedió. Cuando se tranquilizó, se abrazó a mí con una fuerza inusitada,  la que se dice que uno despliega en las situaciones difíciles, de peligro mortal. Sólo recordarlo aún me hace temblar. Y yo lo acepté. Allí, encima de mí, trepándome, recorriéndome, cumplió por fin todas las voluntades, todos los deseos. Mi niño, mi hombre. Cuando se dejó ir, nuestras sombras en el muro aparecieron unidas para siempre, como si me naciese un hijo al que ya nunca se le pudiese cortar el cordón umbilical.

Así nos encontraron por la mañana. Hubo ambulancias, policías, jueces y, sobre todo, mentiras, muchas mentiras. Como siempre nadie miró para mí, ni siquiera me odiaron. ¿Quién era yo? Sólo un viejo árbol que ni siente ni padece.

Cortaron la cuerda y dijeron que estaba muerto, pero yo sé que es mentira. La verdad es que llevaba alrededor de la garganta el collar de los vencedores. Aún sigo recordando lo hermoso que estaba cuando lo posaron en la tierra. El tiempo se detuvo a esperar su regreso. Y él vuelve siempre. Sólo me doy cuenta de que pasan los años, uno tras otro, cuando lo veo entrar nuevamente. El hombre que nunca antes había entrado.

«Unha noite da fin do verán», conto incluído no volume Silencio, ensaiamos, Ed. Vía Láctea,1991

Luísa Villalta

Tradución a castelán de E…E

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